Durante décadas, la educación se diseñó para un tipo de estudiante que ya no existe. Un alumno que escuchaba, memorizaba, repetía y avanzaba al ritmo marcado por el profesor y el libro de texto. Pero quienes hoy llenan las aulas han crecido en un entorno radicalmente distinto: hiperconectado, visual, interactivo y en constante cambio. Son los niños del cambio del milenio, de la globalización y los verdaderos nativos digitales. Y eso ha transformado no solo lo que esperan aprender, sino cómo lo hacen.
La Generación Z y las que vienen después, no procesan la información de forma lineal. Navegan, exploran, contrastan, prueban y descartan. Están acostumbrados a aprender haciendo, no esperando. Por eso, cuando entran en entornos educativos diseñados para otro tiempo, no se desmotivan porque no les importe aprender, sino porque el sistema no encaja con su manera natural de hacerlo.
Estos jóvenes ven un mundo muy competitivo con altos niveles de exigencia y también de incertidumbre. Han visto cómo sus predecesores acumulaban títulos universitarios y másteres para no conseguir trabajo o incorporarse a un trabajo de baja cualificación. Esto les ha hecho extremadamente críticos, lo mismo ya no se creen nada.
Aprender ya no es recibir, es construir
Hoy el conocimiento no se transmite: se construye. Los estudiantes aprenden cuando conectan ideas, cuando experimentan, cuando trabajan con otros y cuando pueden aplicar lo que saben a situaciones reales. Necesitan contexto, propósito y participación.
Esto explica por qué los proyectos, el trabajo colaborativo, la investigación guiada o el aprendizaje basado en retos funcionan tan bien con las nuevas generaciones. No porque estén de moda, sino porque reflejan cómo su cerebro interactúa con el mundo: resolviendo problemas, buscando patrones y creando significado a partir de la experiencia.
Las nuevas generaciones no quieren ser espectadores de su educación. Quieren participar en ella. Decidir, experimentar, equivocarse y volver a intentarlo. Cuando el sistema les ofrece ese rol activo, su motivación y su implicación se disparan.
Cuando los espacios educativos también enseñan: diseño, identidad y experiencia de aprendizaje
Si el aprendizaje ha cambiado, los espacios también deben hacerlo (tanto en los centros educativos como en las áreas de formación de las empresas). No es coherente pedir colaboración en aulas o espacios diseñados para el silencio, ni fomentar la creatividad en salas pensadas solo para escuchar. El espacio puede ser un aliado del aprendizaje o un obstáculo invisible.
Por ejemplo, los entornos flexibles, con mobiliario móvil, zonas para trabajar en grupo, rincones para la concentración y áreas abiertas para compartir ideas, permiten que cada persona encuentre su forma de aprender. Y, sobre todo, hacen posible que un mismo espacio funcione de muchas maneras a lo largo del día.
Entender cómo aprenden hoy los jóvenes no es una cuestión pedagógica abstracta: es la clave para diseñar centros educativos, programas y espacios profesionales que realmente funcionen. Porque no se trata de adaptar a los alumnos o a los profesionales al sistema, sino de adaptar el sistema a quienes lo habitan. Si aprender hoy es una experiencia activa, social y cambiante, la arquitectura y el diseño no pueden ser neutrales. Un espacio para el aprendizaje comunica una visión del aprendizaje incluso antes de que empiece la clase o la formación. La distribución de los espacios, la luz, los materiales, los recorridos y la forma en que las personas se encuentran dicen mucho sobre si una institución cree en la colaboración, en la autonomía o en la jerarquía.

El branding ya no es solo un logotipo o una paleta de colores: es la experiencia completa que vive el estudiante dentro del campus o un empleado dentro de una compañía. Desde cómo se entra al edificio hasta cómo se mueven las personas entre actividades, todo construye una narrativa. Una escuela que apuesta por la innovación, la creatividad y el pensamiento crítico debe reflejarlo en sus espacios físicos con la misma claridad con la que lo expresa en su discurso. Y los mismo, en una organización laboral.
La arquitectura, en este contexto, se convierte en una herramienta estratégica. No se trata solo de alojar aulas o espacios formativos, sino de crear escenarios donde el aprendizaje pueda adoptar muchas formas: debate, experimentación, concentración, colaboración. Diseñar un espacio significa diseñar para la flexibilidad, la identidad y especialmente la experiencia del usuario. Y también para la espontaneidad. Los espacios de aprendizaje fomentan cada día niveles más altos de casualidad y espontaneidad que no se encontraban en las aulas tradicionales.
Al final, los estudiantes y los empleados no recuerdan solo lo que aprendieron, sino cómo se sintieron mientras aprendían. Y ese recuerdo está profundamente ligado a los espacios que habitaron. La idea de un hábitat de aprendizaje que se adapte a las necesidades y demandas personales del alumno es apasionante.
La tecnología en los espacios educativos
Sin olvidar, el rol protagonista de la tecnología en los espacios educativos o de formación, en los que la gamificación o los entornos virtuales son cada día más importantes. La tecnología ya no es un complemento del espacio, sino parte de su estructura. Pantallas, dispositivos, conectividad y plataformas digitales han transformado la manera en que los estudiantes y los profesionales acceden a la información, colaboran y crean, y eso exige entornos preparados para integrarlo de forma natural. Los nuevos espacios de aprendizaje deben permitir moverse sin fricción entre lo físico y lo digital, facilitando el trabajo en red, la experimentación y la personalización del aprendizaje. Cuando la tecnología está bien incorporada al diseño —y no añadida de forma improvisada— se convierte en una herramienta invisible que amplifica las posibilidades de enseñar y aprender.
Foto de cabecera: Oficinas de Techedge, proyecto de plug&go. Ver proyecto.